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Miradas que no cierran los ojos: las fotógrafas españolas que capturan lo que otros prefieren no ver

Gomez Barros
Miradas que no cierran los ojos: las fotógrafas españolas que capturan lo que otros prefieren no ver

Una fotografía puede ser muchas cosas. Puede ser decoración, puede ser periodismo, puede ser arte, puede ser propaganda. Pero en las manos de ciertas creadoras, una fotografía se convierte en algo más difícil de categorizar y más difícil de ignorar: se convierte en evidencia. En memoria. En acto político.

En España hay un grupo de fotógrafas contemporáneas cuyo trabajo está haciendo exactamente eso. No son necesariamente las que aparecen en las portadas de los suplementos culturales ni las que ganan los premios más mediáticos. Pero su influencia en la conversación visual sobre quiénes somos, qué olvidamos y a quién dejamos fuera del encuadre es cada vez más imposible de ignorar.

La fotografía como herramienta de denuncia

Antes de hablar de nombres y proyectos concretos, vale la pena detenerse en el contexto. España tiene una relación complicada con su propia memoria visual. Décadas de silencio institucional sobre la guerra civil y el franquismo dejaron un archivo fotográfico incompleto, manipulado o directamente destruido. Las imágenes que sobrevivieron cuentan solo una parte de la historia — y generalmente, la parte que le convenía al poder.

Las fotógrafas documentales de hoy trabajan con esa herencia encima. Muchas de ellas son conscientes de que fotografiar no es un acto neutro: es elegir qué existe y qué no existe en el registro visual de una época. Y esa responsabilidad se nota en cómo trabajan, en los tiempos que se toman, en las relaciones que construyen con las personas que fotografían.

Esto las aleja radicalmente del fotoperiodismo de impacto inmediato — el que busca la imagen explosiva para el ciclo de noticias de 24 horas — y las acerca a algo más cercano a la antropología visual, al ensayo fotográfico, a la construcción de archivos alternativos.

Cristina de Miguel y los cuerpos que el sistema descarta

El trabajo de Cristina de Miguel lleva años explorando la intersección entre cuerpo, identidad y las estructuras económicas que deciden qué cuerpos son productivos y cuáles no. Sus series sobre trabajadoras del hogar migrantes, sobre mujeres mayores en entornos rurales que se vacían, sobre la invisibilidad sistemática de quienes sostienen la vida cotidiana sin que nadie lo fotografíe, construyen un archivo de presencias que el imaginario visual dominante prefiere omitir.

Lo que distingue su método es el tiempo. No llega, fotografía y se va. Construye relaciones, regresa, escucha. Las imágenes resultantes tienen una densidad que solo se consigue cuando hay confianza real entre la fotógrafa y las personas fotografiadas. No son sujetos: son colaboradoras en la construcción de su propia representación.

Sandra Balsells y la memoria que sangra

Si hay una fotógrafa española cuyo trabajo conecta de manera más directa con la herida abierta de la memoria histórica, esa es Sandra Balsells. Corresponsal de guerra reconvertida en archivista visual, Balsells lleva años trabajando con el concepto de lo que las imágenes no muestran: los silencios fotográficos, los negativos destruidos, las caras borradas de las fotografías familiares durante la dictadura.

Su proyecto La guerra que no hemos visto es, en cierta manera, un catálogo de ausencias. Una reflexión sobre cómo la represión funciona también borrando imágenes, y sobre cómo recuperar una historia implica también recuperar el derecho a ser fotografiado, a existir en el registro visual de tu tiempo.

El trabajo de Balsells ha encontrado más reconocimiento fuera de España que dentro, lo cual dice bastante sobre la incomodidad que genera en ciertos contextos institucionales.

Fotografía conceptual: cuando la imagen se vuelve pregunta

No todo el trabajo de estas creadoras entra en la categoría del documental puro. Hay una corriente importante de fotografía conceptual española protagonizada por mujeres que usa la imagen para formular preguntas sobre identidad, representación y los mecanismos del deseo y la mirada.

Fotógrafas como Ana Álvarez-Errecalde llevan años trabajando con el cuerpo femenino como territorio político — no en el sentido de la provocación fácil, sino en el de recuperar la narrativa sobre cuerpos que históricamente han sido fotografiados desde fuera, por otros, para otros. Su conocida serie sobre el parto y el postparto generó una controversia que, vista con perspectiva, dice más sobre el problema que sobre la solución.

En una línea similar, aunque con una estética muy diferente, trabaja Pilar Pequeño, cuyas series sobre el cuerpo envejecido, sobre la enfermedad y sobre los territorios emocionales que la fotografía convencional de moda y publicidad sistemáticamente excluye, construyen un contradiscurso visual de una contundencia serena pero implacable.

El género como encuadre

Sería un error leer el trabajo de estas fotógrafas exclusivamente a través del filtro del género. Hacerlo reduciría su práctica a una categoría identitaria y oscurecería la complejidad de sus propuestas. Sin embargo, sería igualmente un error ignorar que ser mujer fotógrafa en España ha implicado, históricamente, enfrentarse a estructuras de visibilidad y reconocimiento profundamente desiguales.

Las estadísticas de los grandes premios de fotografía españoles, de las exposiciones en museos públicos, de los encargos editoriales en los medios de mayor tirada, siguen mostrando una brecha de género que se corrige muy despacio. Esto tiene consecuencias directas sobre qué imágenes llegan a circular, qué historias se consideran dignas de ser fotografiadas y quién tiene los recursos y el tiempo para desarrollar proyectos de largo aliento.

El hecho de que muchas de las fotógrafas más interesantes de la escena española actual trabajen al margen de esos circuitos no es solo una elección estética: es también una respuesta a estructuras que no siempre las han recibido con las puertas abiertas.

Dónde ver este trabajo

Uno de los problemas de hablar de estas creadoras es que su trabajo no siempre es fácil de encontrar. No está en los quioscos ni en las galerías más visibles del circuito comercial. Pero está: en festivales como PHotoESPAÑA, en publicaciones independientes de fotografía como Ojodepez, en las redes sociales donde muchas de ellas han construido comunidades propias al margen de los mediadores tradicionales, en exposiciones en centros de arte contemporáneo que programan con criterios más amplios que la galería convencional.

Y está, sobre todo, en los proyectos de largo plazo que estas fotógrafas llevan años construyendo con una paciencia y una convicción que el mercado de la imagen instantánea no comprende y no recompensa, pero que produce los únicos archivos visuales que dentro de veinte años serán capaces de contarnos quiénes fuimos realmente.

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