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Viñetas que gritan: las ilustradoras españolas que dan voz a las mujeres que nadie quería contar

Gomez Barros
Viñetas que gritan: las ilustradoras españolas que dan voz a las mujeres que nadie quería contar

Hay un tipo de silencio que no es ausencia de ruido. Es ausencia de representación. Es el silencio de las mujeres que trabajaron en fábricas durante el franquismo y nunca vieron su historia dibujada. El de las migrantes que cruzaron fronteras internas en España y no encontraron su cara en ninguna viñeta. El de las ancianas de los pueblos vaciados, las madres solteras de los ochenta, las adolescentes que no encajaban en ningún arquetipo. Ese silencio, largo y pesado como una losa, es exactamente lo que un grupo de ilustradoras españolas ha decidido romper con lápiz, tinta y una determinación que no admite negociaciones.

La novela gráfica española lleva años creciendo en calidad y en ambición. Pero hasta hace relativamente poco, el género seguía siendo un espacio mayoritariamente masculino, tanto en autoría como en los personajes que protagonizaban las historias. Lo que está pasando ahora es otra cosa. Es una reconfiguración del lenguaje visual desde dentro, liderada por creadoras que no solo cambian quién dibuja, sino qué se considera digno de ser dibujado.

El cuerpo como territorio narrativo

Una de las transformaciones más evidentes en el trabajo de estas ilustradoras es cómo tratan el cuerpo femenino. No como objeto decorativo ni como símbolo de peligro o redención, sino como territorio con historia propia. Arrugas, cicatrices, vientres que han parido y vientres que no han querido parir. Cuerpos que envejecen, que enferman, que sudan, que no caben en los moldes estéticos del mainstream.

Creadoras como Cristina Durán, cuya trayectoria lleva años apostando por narrativas íntimas y políticamente cargadas, o el trabajo más reciente de autoras como Ana Penyas —ganadora del Premio Nacional de Cómic en 2018 con Estamos todas bien, una obra que retrató a dos mujeres mayores con una ternura y una rabia simultáneas que dejó sin palabras a crítica y público— han demostrado que estas historias no solo tienen cabida en el mercado editorial, sino que generan un impacto emocional que las grandes producciones comerciales raramente alcanzan.

Penyas, en particular, se ha convertido en una referencia ineludible. Su forma de combinar fotografía familiar, texto manuscrito y dibujo construye una especie de arqueología emocional que no pretende ser objetiva ni neutral. Pretende ser honesta. Y esa honestidad, en un género que durante décadas se permitió mirar el mundo desde una sola perspectiva, resulta casi subversiva.

Feminismo que no pide permiso para ser complejo

Una de las cosas que distingue a esta nueva generación de ilustradoras es que su feminismo no es decorativo. No se trata de poner más personajes femeninos en escenas de acción o de darle a la heroína un discurso empoderador en el último capítulo. Es algo más incómodo y más interesante: la exploración de contradicciones, de complicidades, de mujeres que a veces se hacen daño entre ellas, que dudan, que no saben qué quieren, que se equivocan.

Esto conecta directamente con una corriente dentro del feminismo contemporáneo español que rechaza las narrativas de superación perfecta y prefiere la complejidad a la comodidad. Y la novela gráfica, con su capacidad única de combinar imagen y texto en una experiencia casi cinematográfica, resulta un formato ideal para ese tipo de exploración.

Autoras como Elisa McCausland, que además de ilustradora es una de las críticas culturales más agudas del país en lo que respecta a género y cultura popular, han teorizado extensamente sobre cómo el cómic puede funcionar como herramienta de análisis político sin perder su dimensión artística. Su trabajo —y el de quienes comparten esa visión— no separa el activismo de la estética. Los entiende como parte del mismo gesto.

Geografías invisibles: más allá de Madrid y Barcelona

Otro elemento que caracteriza a buena parte de esta producción es su interés por geografías que la cultura mainstream española ha ignorado sistemáticamente. No todo pasa en Madrid. No todo pasa en Barcelona. Hay ilustradoras que están recuperando la memoria de las cuencas mineras asturianas, de los pueblos de la España interior que se vaciaron en los sesenta y setenta, de los barrios periféricos de ciudades medianas que nunca vieron su realidad reflejada en ningún tipo de ficción.

Este interés por lo local no es provincianismo. Es una operación política consciente: reivindicar que esas vidas también merecen ser narradas, que la universalidad no pasa necesariamente por ambientar las historias en lugares reconocibles para el mercado internacional. Paradójicamente, muchas de estas obras ambientadas en espacios muy específicos y aparentemente locales son las que más eco están encontrando fuera de España, precisamente porque su autenticidad atraviesa fronteras culturales con una facilidad que sorprende.

El mercado las está empezando a escuchar

Durante años, el argumento que se esgrimía desde las editoriales para no apostar por este tipo de proyectos era siempre el mismo: el mercado no estaba preparado. Los lectores de cómic —se decía— preferían géneros más establecidos, aventuras, ciencia ficción, superhéroes. Las historias de mujeres cotidianas no vendían.

Los datos de los últimos años contradicen esa narrativa con bastante contundencia. Las obras de autoras como Penyas, Durán o Paula Bonet —cuya incursión en el formato del libro ilustrado y la novela gráfica ha generado un seguimiento masivo, especialmente entre lectoras jóvenes— están entre los títulos más vendidos de su segmento. Los festivales internacionales de cómic, desde Angoulême hasta la Feria del Libro de Bolonia, están prestando cada vez más atención al trabajo de las ilustradoras españolas. Y las editoriales, aunque con la lentitud que las caracteriza, empiezan a abrir espacio.

No es casualidad. Es el resultado de años de trabajo, de autoedición cuando las puertas se cerraban, de redes de apoyo mutuo entre creadoras, de lectoras que buscaban activamente historias que las representaran y que estaban dispuestas a pagar por ellas.

Un lenguaje visual que se reinventa

Más allá del contenido, lo que resulta fascinante del trabajo de estas ilustradoras es la diversidad de lenguajes visuales que están explorando. No hay un estilo único. Hay quien trabaja con paletas de color muy reducidas para crear una atmósfera casi onírica. Hay quien apuesta por el blanco y negro más crudo, casi documental. Hay quien mezcla técnicas digitales con intervenciones manuales que convierten cada página en un objeto casi artesanal.

Esa diversidad estética es en sí misma un manifiesto. Dice que no existe una sola forma de contar estas historias, igual que no existe una sola forma de ser mujer, de tener memoria, de habitar un cuerpo o un territorio.

Lo que está pasando en la novela gráfica española hecha por mujeres no es una tendencia pasajera ni una cuota cultural. Es una transformación estructural del género, lenta pero irreversible. Y las que la están protagonizando no tienen ninguna intención de pedirle permiso a nadie para seguir adelante.

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